Quizás había sido el café que te habías tomado en tan inmensas proporciones aquella misma tarde, o puede que hubiera sido el molesto ruido que hacían las manecillas de aquel reloj tan feo que decoraba tu habitación. Incluso, si me permites aventurarme, le puedo echar la culpa a tu conciencia. No sé que fue, pero me hiciste daño sin motivo conocido, Me fallaste. Y el caso es, que después de la primera siempre viene la segunda.

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